(SM3) Llamando al 112

Preferiría presumir de otras cosas, pero llevo cuatro llamadas al 112, todas por accidente de bicicleta. Así que, cuando tuve el accidente, iba entrenado en lo que es llamar al 112. Y es buena cosa, porque iba solo.

Una vez llamé para que atendieran a un chico que se rompió la clavícula desde el teléfono de otra corredora que estaba tan nerviosa que me pidió que lo hiciera yo. Y eso que el que se había caído era otro y no le conocía de nada (ja, ja). No se pasa un buen rato, a veces muy malo, pero cuando se marcha la ambulancia, sabes que la solución está en marcha. La foto nos la hicimos después de la tensión de otra caída.

Ojalá no tengáis que llamar nunca, pero si es el caso, os recomiendo hacer el esfuerzo de poneros en el lugar de la ambulancia y pensar cómo llegaríais allí, por si hace falta dar indicaciones. Avisé que podía enviar las coordenadas, pero me dijeron que no era necesario. Te dicen que estás geolocalizado, pero eso funciona cuando es una carretera o un camino evidente. En mi caso no lo era y la ambulancia no me encontró a la primera. ¿Y qué hacemos con la bicicleta? Pensad si necesitáis ayuda de la Guardia Civil, la policía local o los forestales. Obviamente te van a decir, con razón, que no están para quedarse con tu bici, pero siempre que ha hecho falta y pueden te echan un mano (las cuatro veces ha sido así). Y al médico dadle indicaciones reales: no se trata de darle importancia a lo que no la tiene ni quitársela a lo que podría tenerla.

Una vez llamado al 112 solo queda esperar. En mi caso tocaba llamar a mi mujer. Y, caída aparte, fue uno de los momentos más agobiantes. El sudor caía sobre el móvil y el sol de la tarde pegaba de forma que no veía nada. Acerté a encontrar el teclado numérico y llamar el teléfono de memoria. Nada es fácil cuando vas solo. De hecho no pude beber hasta que llegó un ciclista y me acercó el bidón... gracias, ciclista anónimo, lamento no acordarme de tu nombre.

Por cierto, la recuperación avanza adecuadamente, *Citius*, *longius* (más rápido y más lejos). Esta semana la tirada más larga ha sido de unos *espectaculares* 9,60 km. Quedan siete semanas.

(SM2) Mi maillot no se toca

Después de tantos años compitiendo, uno acumula muchísimas más camisetas (y maillots) de las que necesitas: las repartes, las usas como pijama, como trapo, pero no desaparecen. Pero entre tantas, hay unas cuantas y unos cuantos que sí quieres conservar y usar mientras aguanten.

El día que me caí llevaba el maillot Gobik del Ironman de Lanzarote. Y para un deportista de montón, ese maillot es tu trofeo de finisher en uno de los Ironman más duros. Así que es fácil entender que cuando, estando en urgencias, aparece un individuo con bata armado con unas tijeras dispuesto a destrozarlo, le miré con unos ojos de pantera que dejaban claro que el maillot lo iba a cortar pasando por mi cadáver. Le expliqué que tenía cremallera, que era elástico y que lo que tenía roto era la cadera. No le gustó, masculló, descargó toda responsabilidad y yo conservé mi maillot (maltrecho de la caída el pobre)... y mi culotte también.

Quedan 8 semanas. Reparto todos los ratos del día que puedo entre andar, trotar un poco, hacer ejercicios unas veces en el agua y otros en casa. Pero estoy muy lejos de nada que podamos llamar estar en forma. Lo compruebo, por ejemplo, en la falta de elasticidad (si antes tenía poco, ahora menos). O en el simple movimiento de ponerte los pantalones: cuando le toca a la pierna izquierda, la pierna averiada se pone a dudar y se lo dice a la cabeza.

Pero no hay razón ninguna para pensar que no conseguiré el reto. Incluso aunque el paseo de hoy, que he bautizado como tirada larga de la semana, haya sido de poco más de seis kilómetros (me río por no llorar). Hay tiempo, pero sobre todo hay ilusión.

(SM1) 9 semanas para el reto

Lo único que te asegura no caerte de una bicicleta es no subirte a ella. Hace seis semanas me volvió a pasar, y esta vez fue la peor de todas, porque terminé en un quirófano. Un mes y medio parado, muy parado, pero anteayer me confirmó el traumatólogo que podía empezar a recuperar la vida normal. Con tacto, le expliqué que en lo que se refiere a actividad física mi día a día no entra en la categoría de normal, pero lo entendió muy bien, me explicó los detalles de mi fractura y me dijo que yo era mi propio límite. Mejores noticias, imposible.

Así que ayer empecé a andar y hoy he podido comprobar que no estoy en el fango: estoy debajo del fango. Y el mejor indicador que encuentro es que mi mujer (que por lo general me gana en casi todo, pero no en lo que tenga que ver con correr) me superaba en un sprint de 30 metros a 6 minutos/km.

Y en este punto empieza el reto que quiero conseguir dentro de dos meses: tomar la salida (esto va a ser fácil) y llegar a la meta (esto quizá no tanto) de la maratón de Sidney.

Por si te gusta el reto, yo me comprometo a contar los avances (y esperemos que no haya, pero también los retrocesos) cada fin de semana. Y, por supuesto, el resultado final.