Como suele decirse, ya estamos en capilla. Es el mejor momento para recordar el día en que me caí, cómo me logré poner de pie con la intención de volver andando a casa para comprobar que la pierna no respondía, que en la ambulancia me convencía de que iba a poder terminar la maratón andando, los dolores tan grandes cada vez que me movían y el contrapeso de las confortantes palabras de la doctora diciéndome que me iba a recuperar bien, la conversación con mi niña ya en urgencias, los primeros pasos con muletas o el minisprint de unos metros en que mi mujer me dejó atrás. Montones de pequeños y grandes pasos que han servido para llegar en una forma aceptable al día 15, un día en el que realmente ya no tengo nada que demostrarme, porque ya me he demostrado todo en estos tres últimos meses.

Cuando pensaba (allá por junio) que la siguiente maratón va a ser más de lo mismo, aparece una motivación inesperada. Lo fácil hubiera sido decir que he tenido mala suerte. Pero es más bien al revés: he tenido la suerte de que el accidente fuera "fácil" de arreglar, que sucediera en vacaciones y pudiera entrenar a diario, que no me ha faltado los apoyos de los compañeros ni los impagables consejos de los que saben de recuperación. Lo que salga en Sydney será un poco de todos ellos también.
He de reconocer que estos días en que ya todos los corredores están en tensión, con dudas, objetivos, esperanzas, miedos... me ha fastidiado un poco no poder estar disfrutando de esa tensión y saber que me pondré por tercera vez en el corral de los mejores y les tendré que dejar ir porque esta vez tampoco toca estar al 100%, pero parafraseando lo que dicen por ahí: la frustración será pequeña y pasajera, el orgullo de terminar será para siempre. Y estoy convencido de que tendré más oportunidades.