Después de tantos años compitiendo, uno acumula muchísimas más camisetas (y maillots) de las que necesitas: las repartes, las usas como pijama, como trapo, pero no desaparecen. Pero entre tantas, hay unas cuantas y unos cuantos que sí quieres conservar y usar mientras aguanten.

El día que me caí llevaba el maillot Gobik del Ironman de Lanzarote. Y para un deportista de montón, ese maillot es tu trofeo de finisher en uno de los Ironman más duros. Así que es fácil entender que cuando, estando en urgencias, aparece un individuo con bata armado con unas tijeras dispuesto a destrozarlo, le miré con unos ojos de pantera que dejaban claro que el maillot lo iba a cortar pasando por mi cadáver. Le expliqué que tenía cremallera, que era elástico y que lo que tenía roto era la cadera. No le gustó, masculló, descargó toda responsabilidad y yo conservé mi maillot (maltrecho de la caída el pobre)... y mi culotte también.
Quedan 8 semanas. Reparto todos los ratos del día que puedo entre andar, trotar un poco, hacer ejercicios unas veces en el agua y otros en casa. Pero estoy muy lejos de nada que podamos llamar estar en forma. Lo compruebo, por ejemplo, en la falta de elasticidad (si antes tenía poco, ahora menos). O en el simple movimiento de ponerte los pantalones: cuando le toca a la pierna izquierda, la pierna averiada se pone a dudar y se lo dice a la cabeza.
Pero no hay razón ninguna para pensar que no conseguiré el reto. Incluso aunque el paseo de hoy, que he bautizado como tirada larga de la semana, haya sido de poco más de seis kilómetros (me río por no llorar). Hay tiempo, pero sobre todo hay ilusión.